“No camines hacia la tierra del ISIS. Corre. Allí podrás aprender nuevas habilidades: volar mezquitas, crucificar y ejecutar a musulmanes… Bienvenido a la tierra del ISIS”.

Este vídeo, inspirado en los Monty Python y sus Caballeros de la mesa cuadrada, fue colgado en Youtube a finales de agosto del año pasado por el Departamento de Estado de Estados Unidos y ya ha superado las 850.000 reproducciones.

 “Bienvenido a la tierra de ISIS” es, probablemente, el mejor ejemplo de la contra-propaganda que los gobiernos occidentales intentan llevar a cabo contra el Estado Islámico. Este vídeo forma parte de una campaña más amplia del Gobierno norteamericano que bajo el lema “Think again, turn away” (Piénsalo de nuevo, date la vuelta”) trata de contrarrestar el efecto llamada que la organización yihadista ha logrado a través de las redes sociales. Pero, ¿funciona?

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“Así perdemos los corazones y las mentes [de los musulmanes]”, le advertía en 2005 Aymán al-Zawahiri en una carta a Abu Musab Al Zarqaui, líder de Al Qaeda en Irak, la división que una década más tarde se independizaría y proclamaría el califato del Estado Islámico hace ahora un año. El número dos de Bin Laden ordenaba así al líder de la organización en Irak que no difundiera más vídeos de decapitaciones, ya que consideraba que en la batalla en los medios aquellas campañas les perjudicaban.

Hoy, el Estado Islámico no solo ha continuado con aquella tradición iniciada por su líder primigenio Al Zarqaui, muerto en un bombardeo en 2006, sino que la lleva a su máximo exponente. El centro Al Hayat es el responsable de los mensajes de la organización. Esta división crea periódicos en PDF (ISN, Islamic State News), docenas de páginas fácilmente accesibles a través de Internet, cuentas de Twitter y sobre todo producciones audiovisuales traducidas a varios idiomas. Las producciones más inofensivas muestran escenas de vida cotidiana en los territorios conquistados, mercados abiertos y musulmanes que acuden a rezar a las mezquitas. Las más polémicas y las que más han trascendido exhiben ejecuciones y decapitaciones en vídeos en alta definición, con producción y postproducción.

Estos videos, alojados en servidores gratuitos de Internet, son distribuidos en las redes sociales por miles de simpatizantes que los difunden, los comparten y los cuelgan de nuevo en Youtube o Facebook cuando las cuentas originales son censuradas y retiradas.

 “Nuestra narrativa es derrotada por el Estado Islámico. Somos reactivos. Pensamos en cómo responder, en lugar de en [cómo articular] nuestra propia narrativa”. Así analizaba la situación hace pocas semanas uno de los responsables del Departamento de Estado en un informe enviado a John Kerry, el secretario de Estado, filtrado a The New York Times. También se lamentaba por la falta de recursos del Centro de Comunicaciones Estratégicas contra el Terrorismo (CSCC) del Gobierno norteamericano, un departamento que se creó en 2010 para combatir la propaganda terrorista.

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“No vale decir el terrorismo es malo…”

Richard LeBaron, miembro del think tank Atlantic Council, y experto en la región del Golfo, afirma que “los gobiernos se sienten comprometidos a responder a los terroristas en los medios y a usar las mismas herramientas que ellos. Pero convertirlo en un partido de ping pong es inútil”. Para LeBaron, no existe hoy una contra-narrativa útil contra el ISIS porque “las que se hacen desde Occidente no funcionan”. Aunque tampoco cree que sean eficaces las del propio Estado Islámico: “Los gobiernos han sobreestimado sus campañas. El apoyo al ISIS es muy individual, y la prueba es que no se ven grandes grupos de simpatizantes en países como Estados Unidos o España. Tendemos a creer que las suyas son campañas muy sofisticadas y nos sorprendemos de que unos terroristas árabes puedan ser tan inteligentes. Pero este tipo de razonamiento roza el racismo y nos limita”.

Richard Barrett, antiguo responsable de la lucha contra el terrorismo del MI6 (el servicio de inteligencia británico) y hoy directivo de la consultora en seguridad internacional Soufan Group, afirma que “los gobiernos no son los mejores agentes para llevar a cabo esa contra-comunicación. Es más efectiva si la hacen las comunidades de do donde han salido los extremistas. Además la clave es el mensaje. No vale con decir que el terrorismo es malo, sobre todo porque no sabes qué es lo que la otra persona está buscando”.

El nuevo responsable del CSCC en Estados Unidos, Rashad Jussain, reconocía pocas semanas antes de su nombramiento en una conferencia en Abu Dhabi  que “el Estado Islámico tiene un mensaje mucho más emocional que el nuestro”. En aquella charla apuntó sin saberlo las claves de la que hoy es la hoja de ruta de su división para combatir la propaganda del ISIS: “Restarle glamour, mostrar las miserables condiciones de vida de los combatientes, ensalzar las narrativas positivas, demostrar cómo los jóvenes musulmanes pueden triunfar en el mundo moderno, contar historias inspiradoras y de figuras influyentes de países musulmanes y movilizar y amplificar a los líderes religiosos”.

“Las contra-narrativas que se emplean no satisfacen las necesidades de la gente ni se dirigen a sus vulnerabilidades de la misma forma que lo hace el ISIS o Al Qaeda” explica Anne Speckhard, profesora del departamento de Estudios Psiquiátricos y de Seguridad de la Universidad de Georgetown. “Son racionales y les falta ese componente emocional, ese gancho”.

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La profesora de Estudios Psiquiátricos ha entrevistado a decenas de terroristas para analizar su conducta. “Debemos usar la emoción frente a la lógica”, insiste.

“Jugar al ping-pong”

Un problema grave en la lucha contra la propaganda de ISIS  es que se ha reaccionado tarde y se quiere (como dice LeBaron) “jugar al ping-pong”. Estados Unidos creó su oficina oficial de contra-propaganda casi una década después del 11-S. El Reino Unido también dispone de una, pero hay países que no tienen ningún tipo de estrategia contra el yihadismo. Tras el asesinato de los dibujantes de Charlie Hebdo, el gobierno francés lanzó una campaña bajo el hashtag #stopjihadisme en la que, siguiendo el ejemplo del vídeo Bienvenido a la tierra del Estado Islámico, difundían vídeos con imágenes de ejecuciones y del sufrimiento de los civiles en los territorios invadidos por el ISIS. Este mes de enero, se ha instaurado el Equipo Asesor de Comunicaciones Estratégicas en Siria (SSCAT), el primer proyecto europeo de contra-narrativa con un presupuesto de un millón de dólares y coordinado desde el Ministerio de Interior de Bélgica. 

SSCAT, según explican fuentes del Consejo Europeo, cuenta con un equipo de una decena de personas que presta asesoramiento técnico sobre cómo hacer campañas de comunicación. La idea es que pueda ser el “proyecto embrionario” de una organización mayor. De momento, el trabajo realizado en estos primeros meses se mantiene en secreto “para darle al equipo las máximas posibilidades de éxito”, explica un portavoz del ministerio belga.

La Unión Europea intenta además involucrar en la lucha a las grandes compañías de Internet. El pasado octubre hubo un encuentro informal entre altos funcionarios de la UE y representantes de empresas como Twitter y Facebook, y en otoño (un año después de ese primer contacto) está previsto que se celebre una nueva reunión, esta vez de carácter oficial.

Esta alianza es importante, ya que Twitter y Facebook han sido el mayor campo de batalla de la contienda frente al ISIS en esta partida de ping-pong. “Sin embargo las redes sociales por sí solas no son la solución”, advierte LeBaron. “No debemos caer en la trampa de pensar que los terroristas solo influencian a la gente a través de Internet. Nuestro reto es averiguar cómo llegar a los diferentes tipos de audiencias a los que ISIS intenta atraer, algunas de las cuales son pequeñas y están muy aisladas socialmente y culturalmente”.

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Una batalla perdida

Barrett coincide con este razonamiento, e invita a comparar los seguidores que el Departamento de Estado tiene en su Twitter con los que poseen algunas cuentas del Estado Islámico. “Los mensajes del Gobierno no llegan a mucha gente, aunque tampoco podemos decir que eso sea una pérdida de tiempo ya que hay muchas audiencias diferentes para ese tipo de mensajes. Quizá no se llegue a los extremistas que están muy involucrados y a los que es casi imposible persuadir, pero sí a otras personas que puede ser simpatizante de ISIS”.

El problema de la contraprogramación en Twitter es que cuantitativamente es una batalla perdida. Un informe reciente de la Institución Brookings estimaba que existen más de 70.000 cuentas abiertas en Twitter de miembros o simpatizantes del ISIS, con una media cada una de 1.000 seguidores, el 75 por ciento en árabe y con una activad por encima de la media de 14 tweets diarios. Cuando una cuenta es suspendida por Twitter enseguida vuelven a brotar otras nuevas que rápidamente enlazan con los seguidores de las anteriores. Y la mayoría de ellas no son cuentas oficiales sino de simpatizantes.

Otro estudio sobre el uso de Twitter enfocado en los “Foreign Fightes”, es decir los extranjeros que abandonan sus propios países para combatir con ISIS y realizado por el prestigioso Centro Internacional para el Estudio de la Radicalización británico, revelaba que las cuentas más populares eran las consideradas “diseminadoras”. Estas cuentas se encuentran fuera de Siria e Irak, comparten los mensajes de la organización y dan apoyo moral a los yihadistas. El estudio mostraba además que, al revés de lo que ocurre en la comunidad internacional (donde se publican muchos tweets sobre ISIS con poca interacción), en el caso de las cuentas yihadistas un número mucho más reducido de mensajes eran muy compartidos y difundidos.

 “Lo fundamental es saber por qué en un grupo de individuos muy similares, con el mismo bagaje y las mismas influencias, uno de cada cien decide convertirse en terrorista. Ese es el problema de la contra narrativa contra el Estado Islámico: cómo identificar a ese uno de cada cien”, explica LeBaron. La cuenta de Twitter de la campaña del Departamento de Estado que intenta disuadir a aquellos que piensan unirse a ISIS (@ThinkAgain_DOS) tiene menos de 22.000 seguidores. En un día normal, uno de sus tweets puede conseguir que cinco personas lo retuiteen. Con esos datos de interacción, comparándolos con los miles de usuarios simpatizantes de ISIS activos 24 horas al día y en ebullición continua, los intentos de occidente son vistos como un chiste malo de Monty Python buscando desesperadamente a un terrorista oculto entre un centenar de personas asistentes a una boda o entre los caballeros de la mesa cuadrada.