El estado lamentable de la primavera árabe

Si parte del mundo árabe vive una transición, será una transición larga. Túnez es el único país afectado por las revueltas de 2011 que parece progresar hacia una situación política más libre. El ataque terrorista en el Museo del Bardo hace peligrar ese avance.

Si parte del mundo árabe vive una transición, será una transición larga. Túnez es el único país afectado por las revueltas de 2011 que parece progresar hacia una situación política más libre. El ataque terrorista en el Museo del Bardo (con 19 víctimas, 17 turistas extranjeros) hace peligrar ese avance.

El ataque no lo ha reivindicado nadie pero no faltan candidatos. Túnez es uno de los principales proveedores de combatientes del grupo conocido como Estado Islámico en Siria, Irak y Libia: más de 7.000. Quienes van pueden volver con una misión como ocurre en los países europeos. El mercado ilegal de armas es también más accesible. Pero hasta que no haya una reivindicación creíble nada es definitivo.

Tampoco faltan posibles excusas. Una podría ser que la presunta muerte en combate este martes en Sirte (Libia) de Ahmed Rouissi, un tunecino sospechoso de asesinar al político Chokri Belaid en 2013. Otra que en el momento del ataque el Parlamento debatía una nueva ley antiterrorista. Una prueba de la unión de los diputados es este canto improvisado del himno durante el cierre por el ataque:

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“La voluntad del ataque de desestabilizar Túnez es obvia”, dice Eduard Soler, coordinador de investigación en el Cidob: el turismo es una fuente básica de ingresos y el Parlamento, que está en el mismo complejo de edificios que el museo, es la muestra de unidad de la sociedad tunecina. Soler no cree que el atentado vaya a acabar por ahora con el experimento tunecino. Ha ocurrido otras veces: en octubre de 2013 hubo dos intentos fallidos. El terrorismo tiene fácil acertar -es extraño de hecho que no haya ocurrido antes en Túnez-, pero también requiere cierta organización. Los cruceros suelen atracar en Túnez los miércoles y los pistoleros esperaron a que llegaran los buses para atacar.

El polvorín de Libia

La primavera árabe fuera de Túnez no necesita nuevos atentados para descarrilar. Hubo al menos otros cinco países donde las revueltas tuvieron cierto impacto: hoy son todos un desastre igual o mayor que en 2011. Siria es el caso más sangrante. El régimen ha matado a decenas de miles de sirios y el caos ha permitido el desarrollo de Jabat al Nusra y Estado Islámico. Libia es un polvorín. Egipto y Túnez viven pendientes de sus fronteras con Libia. Egipto bombardea de vez en cuando suelo libio. Túnez, además, debe vigilar que Al Qaeda en el Magreb no le ataque desde Argelia. Sirte, la ciudad natal de Gadafi, está dominada por Estado Islámico. Con el dictador habría sido impensable. Yemen es un país dividido entre el presidente depuesto, que gobierna desde Adén (en el sur del país) y el norte controlado por los hutíes, una secta chií que conquistó la capital en enero. Las monarquías del Golfo ya han colocado sus embajadas en Adén. El embajador americano, que ha cerrado la sede diplomática en Saná, la capital, estuvo de visita en Adén hace poco. No hay guerra civil pero puede haberla. Los asesinatos de periodistas y activistas apenas son noticia en el exterior.

Bahráin revive de vez en cuando la represión de los chiíes, que es intermitente desde 2011. Egipto es otra broma pesada. El Gobierno del presidente Sisi es más severo que el de Mubarak ante cualquier tipo de oposición. Acaba de implantar un visado previo al viaje para los turistas, como si no necesitara sus ingresos para subsistir. La excusa que ofrecen es que Europa exporta ahora posibles islamistas. Egipto vive amenazado por ataques terroristas, sobre todo en la península del Sinaí.

Antes de que las cosas mejoren, primero van a peor. Las revueltas acarrearon al menos tres cosas que no han ayudado al desarrollo en la región:

  • La caída falsa de la vieja guardia. Gadafi, Ben Ali, Mubarak, Asad, Saleh, los Saud mandaban y mandan mucho en sus países pero su régimen no era cosa de una sola persona. Hay miles de acólitos en sus partidos y en el ejército que vivían bien gracias a la “estabilidad”. Su caída era el fin de la buena vida para muchos. No lo han permitido y la vieja guardia ha vuelto o nunca se ha ido.
  • La libertad y el poder. En Túnez y en Egipto sobre todo se vivieron meses donde la sociedad fue más o menos libre de equivocarse. Y se equivocaron. Pero también bajó la vigilancia contra el yihadismo. Los predicadores salafistas eran más libres de reclutar. Es una ironía que la libertad trajera más problemas, pero ninguna sociedad en transición gestiona con facilidad los cambios repentinos. En 2010, el futuro presidente islamista de Egipto, Mohamed Morsi, decía que la palabra oposición no le gustaba: “Tiene la connotación de perseguir el poder y en este momento no buscamos el poder porque requiere preparación y la sociedad no está preparada”. En poco más de dos años, Morsi y los Hermanos Musulmanes cambiaron de opinión. La cercanía al poder les pudo y el país, claro, no estaba preparado.
  • La falta de desarrollo. El problema de las dictaduras no era tanto la falta de libertades como la falta de progreso económico. Cuando el cambio político no trajo mejoras económicas, muchos decepcionados se volvieron hacia otros líderes: la oferta terrenal y espiritual del yihadismo ha visto un hueco para los decepcionados.

El foco estará estos días en el norte de África y en Oriente Medio. Pasará como otras veces hasta nuevo aviso. Las transiciones tienen otro tipo de tiempo. La única esperanza es que Túnez aguante en su camino.