El duelo de la estrella y el superviviente

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Mónica Oltra, de Compromís, y Ximo Puig, del PSOE, son los candidatos de los principales partidos de la izquierda valenciana y, junto a Podemos, tienen votos suficientes para descabalgar al PP. Todo el mundo da por supuesto que serán capaces de llegar a un acuerdo. Pero los reproches entre ambos no cesan.

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Captura de pantalla 2015-05-30 a las 20.19.50Cuando el lunes Mónica Oltra, de Compromís, y Ximo Puig, del PSOE, se sienten por fin en la misma mesa, lo harán después de una semana de mutuos enfrentamientos y reproches en público. Son los candidatos de los principales partidos de la izquierda valenciana y, junto a Podemos, tienen votos suficientes para descabalgar al PP. Todo el mundo da por supuesto que serán capaces de llegar a un acuerdo. Pero en los días siguientes a las elecciones tanto Oltra como Puig han utilizado todos los micrófonos a su alcance para disputarse el puesto de presidente de la Generalitat.

La reunión a la que ambos están convocados será “exploratoria” y ha sido convocada por Podemos de la Comunidad Valenciana. La formación hace valer así su posición de necesaria bisagra en las negociaciones. Tiene 13 diputados, que formarían una mayoría absoluta de 55 escaños junto a los 23 del PSOE y los 19 de Compromís. Por eso, Antonio Montiel, su líder, es el único hombre capaz de decidir el desempate. No obstante, Montiel deja pasar los días sin definir si apoya a Oltra o a Puig como presidente.

La única referencia es la reciente declaración de Pablo Iglesias, líder nacional de Podemos, que el pasado martes se felicitó por la victoria de Compromís.  El gesto pareció un apoyo a Oltra frente a Puig. Pero esto podría ser sólo una medida de presión en la negociación estatal que Iglesias debe mantener con Pedro Sánchez, secretario general del PSOE, y en la que están en juego plazas tan importantes como la Junta de Andalucía o los ayuntamientos de Madrid y Barcelona.

Para terminar de complicar la situación, hay que añadir los pactos pendientes en los municipios de la comunidad autónoma. El más importante, Valencia, depende también de un acuerdo entre Compromís y PSOE. En este caso, la lista más votada ha sido la de la coalición de izquierda nacionalista, pero necesita el apoyo de los socialistas y de Valencia en Comú, la marca apadrinada por Podemos, para lograr una mayoría absoluta y sacar a Rita Barberá de la alcaldía.

Esta es una de las bazas de Puig para conseguir que Oltra ceda y le permita ser presidente. La otra es su amenaza de formar gobierno junto a Ciudadanos (13 diputados) y prescindir de Compromís, aunque sería un ejecutivo muy frágil porque juntos no alcanzan la mayoría absoluta. Todo debe decidirse antes del 11 de junio, fecha en la que deberán constituirse los ayuntamientos y también Las Cortes Valencianas.

En este compás de espera, la discusión entre Puig y Oltra no remite. El primero defiende su derecho a ocupar la Generalitat porque la suya es la lista más votada: tiene cuatro escaños, 2,11 puntos porcentuales y 52.532 votos más que Compromís. “Lo lógico es que se llegue a acuerdos desde la perspectiva aritmética de los escaños”, afirma.  Para la segunda, la diferencia de votos entre los dos partidos es “casi empate técnico“. También explica que hay “más fuerzas”, en una clara alusión al apoyo que podría recibir de Podemos. Además, no deja pasar la oportunidad de meter a Puig en el saco de los que llevan “40 años en la política” y de los que practican una “vieja” manera de ejercerla.

Puig, el superviviente

Ximo Puig resumió su estado de ánimo el pasado miércoles, cuando pidió que se respete su derecho a ser presidente “sin marear más de lo necesario”. La frase adquiere pleno significado cuando se atiende a su trayectoria política, en la que ha necesitado muchos mareos para llegar a ser líder del PSPV, la marca del PSOE en la Comunidad Valenciana. Puig tiene 56 años y lleva desde los 24 años metido en política. En todo este tiempo, ha tenido que emplearse a fondo contra sus rivales políticos y, sobre todo, contra sus enemigos internos en el partido.

Puig nació en Els Ports, una comarca montañosa del norte de Castellón, hecha de pueblos pequeños que a veces no llegan al centenar de habitantes. Su municipio, Morella, es la capital de la zona. Él consiguió ser el alcalde en 1995 y después de 12 años como concejal. En ese año se convirtió también en el portavoz de la oposición del PSOE en la Diputación provincial. Allí, tuvo que pelear contra su presidente, Carlos Fabra, encarcelado desde el pasado diciembre y símbolo de la corrupción del PP valenciano.

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Por aquel entonces, Fabra ya practicaba un estilo de gobierno autoritario y caciquil. Puig le plantó cara y, según sus colaboradores cercanos en aquellos años, obtuvo a cambio amenazas en el cuerpo a cuerpo de los pasillos de la institución. El presidente también redujo al mínimo las retribuciones a los diputados de la oposición mientras subía las de los miembros de su partido, según las mismas fuentes. Y recortó las subvenciones para Morella, lo que provocó una suerte de reacción nacionalista en el pueblo, que cerró filas en torno a su alcalde. Puig mantuvo la alcaldía hasta 2012, cuando la dejó para liderar el PSPV.

Pero la mayor batalla del candidato socialista no fue la que libró contra el PP, sino la que vivió dentro de su propio partido. En el PSPV la guerra entre familias es legendaria. Es una estructura informal y soterrada, pero más válida y poderosa que los órganos de gobierno que salen de los congresos del partido. Los adversarios internos de Puig lo califican de “lermista”. Es una denominación despectiva para los que fueron colaboradores de Joan Lerma, el presidente socialista de la Generalitat Valenciana desde 1982 hasta 1995.

La etiqueta consigue alterar el carácter apacible y cercano de Puig, que se revuelve como una fiera cuando algún periodista se la nombra: “El lermismo no existe, es mentira”, afirmó por enésima vez en una entrevista reciente. Sin embargo, sus adversarios en el partido tienen otra opinión. “Puig ha llegado al poder después de muchos años intentándolo porque los lermistas se protegen mucho entre ellos. Él sigue con la misma dinámica, porque ha reservado los puestos importantes de dirección para miembros de la misma familia”, afirma uno de los rivales internos del líder, que prefiere mantener su anonimato.

Sea por la guerra entre familias o por un sano ejercicio de democracia interna, el hecho es que a Puig le ha costado mucho tiempo y esfuerzo llegar al liderazgo del PSPV. Se presentó al congreso de 2008 y perdió frente a Jorge Alarte, un alcalde joven y hasta entonces desconocido que consiguió aglutinar en torno a sí el rechazo de gran parte del partido al llamado lermismo. Pero Alarte no consiguió transformar la crisis económica y la corrupción del PP en votos para los socialistas, y perdió estrepitosamente las elecciones autonómicas de 2011: obtuvo el 27,59% de los votos, por debajo de la barrera psicológica del 30%. Puig tuvo la oportunidad de volver a aspirar al liderazgo y, esta vez sí, se convirtió en secretario general del PSPV en 2012.

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Todos esos sinsabores debieron de pasar por la mente de Ximo Puig en la noche del 24 de mayo, cuando con un resultado todavía peor que el de Alarte, vio ante sí la posibilidad de gobernar, por fin, la Generalitat Valenciana. La euforia se apoderó de la sede socialista, que se llenó de camisetas con el lema ‘Ximo Puig president’. Él mismo dio por supuesto en ese momento que así sería: “Los valencianos han votado cambio y han decidido que ese cambio lo lidere el partido socialista”. Para su sorpresa, pocas horas después se topó con una persona que no compartía esa opinión, y que es todavía más obstinada que él en la tarea de conseguir el poder.

Mónica Oltra, la estrella

“Aquí todo el mundo se tiene que bajar un poco el ego, bajar del burro”. Es uno de los jarros de agua fría que Oltra ha vertido estos días sobre las aspiraciones presidencialistas de Puig. La candidata de Compromís ha dejado claro que ser presidenta no es una exigencia imprescindible para llegar un acuerdo y que lo importante es que haya sintonía en el programa de gobierno. Pero también ha dicho que la coalición que lidera tiene “la valentía” de aspirar a ese puesto. Y se ha reivindicado como la novedad, citando incluso al nombre que más evitan recordar los propios socialistas: “Estoy segura de que vamos a hacer políticas totalmente diferentes a las que hizo Zapatero”.

Oltra incluso ve los resultados de las elecciones como un punto a su favor. Afirma que el PSPV ha perdido un tercio de los votos y que su formación, sin embargo, ha triplicado su número de escaños. “Me presenté para ser presidenta y el resultado acompaña”, afirma.

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Todas estas declaraciones son acompañadas por un clamor popular y mediático a su favor. En los últimos días, una iniciativa en Facebook y otra en Change.org han pedido que sea ella, no Puig, la presidenta de la Generalitat. Varios medios de comunicación la han encumbrado como una de las tres mujeres que simbolizan el cambio político en España, junto a Manuela Carmena y Ada Colau. Y la atención que despierta su figura se traduce en numerosas entrevistas en periódicos, radios y televisiones nacionales.

La seducción que ejerce Mónica Oltra sobre los medios de comunicación es tan evidente como justificada. Responde a una innegable valentía para enfrentarse a los poderosos que ha demostrado incluso en los momentos en los que la derecha tenía el apoyo de los votantes y también la aquiescencia de la mayoría de los medios de comunicación autonómicos. Para ello, ha usado una excelente oratoria entre otros recursos menos habituales. Se hizo famosa en 2009 cuando subió a la tribuna de Las Cortes Valencianas con una camiseta con el lema Wanted, only alive (“Se busca, sólo vivo”) y la foto de Francisco Camps.

Fue la denuncia más eficaz de la falta de explicaciones del presidente valenciano, que por aquel entonces estaba imputado en el caso Gürtel pero se permitía faltar a las sesiones de control parlamentario. Camps también pasó años sin aceptar ninguna pregunta de la prensa. Cuando algún periodista se atrevía a acercarle un micrófono, el presidente optaba por no contestar o por responder con una larga perorata que no tenía nada que ver con la cuestión planteada.

Fue en ese ambiente en el que Oltra tuvo más coraje que ningún otro miembro de la oposición. Y el PP se lo hizo pagar con una hostilidad creciente. Cada vez que terminaba una de sus intervenciones recibía insultos a gritos desde la bancada de los conservadores (“mona”, llegaron a decirle una vez). La expulsaron del pleno en varias ocasiones. Fue la única política a la que juzgaron por un acto de resistencia ciudadana a la policía en el barrio del Cabanyal a pesar de que había otros diputados presentes.

La mayor venganza, sin embargo, fue la de Juan Cotino, entonces presidente de Las Cortes y hoy imputado por, presuntamente, haber desviado fondos en la visita del Papa a Valencia en 2006. Cotino le dijo desde la tribuna que posiblemente ella no conocía a su padre. Así  demostró que conocía la historia de la familia de la diputada.  Sus padres eran comunistas y él, separado. Así que tuvieron que emigrar a Alemania para vivir juntos. Allí nacieron Oltra y su hermano, que no pudieron adoptar el apellido paterno hasta que llegó la democracia a España. Ella siempre estuvo convencida de que Cotino había conocido todos esos datos gracias a un cargo anterior: el de director general de la Policía Nacional.

Oltra siempre recibió estos ataques con entereza, pero nunca escondió su fragilidad. Su espontaneidad ha sido otro de los rasgos con los que ha conseguido enamorar a gran parte de la opinión pública. No dudó en reconocer que se sentía “mal” cuando atacaba a Camps pese a que creía que era su obligación. O que su valentía en la tribuna tenía un coste personal cuando se quedaba sola: “A veces he llorado en el despacho. Una vez volví a fumar y todo. Pero siempre me repongo”. Todo esto le ha valido el puesto en los sondeos como política mejor valorada.

No obstante, tiene también muchos críticos e, incluso, detractores. Se los granjeó en 2007, cuando militaba en IU. La formación entró en Las Cortes Valencianas por un pacto con el Bloc Nacionalista Valencià. Oltra llegó a un acuerdo con los diputados del Bloc para  ser ella la portavoz del grupo parlamentario en sustitución de la portavoz de su propio partido. Como resultado, fue expulsada de la formación de izquierdas.

Fundó entonces una nueva fuerza política, Iniciativa del Poble Valencià, sin abandonar el escaño que había ganado gracias a IU. Como consecuencia, sus excompañeros de partido tuvieron que exiliarse al grupo mixto. Mientras, ella iniciaba su aproximación al Bloc, que culminó en la formalización de la coalición Compromís con la que ahora aspira a gobernar la Generalitat.

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Oltra también ha conseguido convertirse en la líder incontestada de su nueva formación, a pesar de que los militantes del Bloc son mayoría. En la actualidad son casi el 70%, pero en el origen de la formación su peso era todavía mayor. No obstante, han aceptado que Oltra los represente. Esto, aunque por el camino se desdibuje la razón de ser del Bloc: el nacionalismo. “No soy nacionalista, ¿se nota mucho?”, llegó a reconocer ante Ferran Torrent, conocido escritor valenciano que escribió un libro sobre ella.Una carencia que el Bloc ha aceptado porque, según fuentes internas del partido, sus miembros saben que es la única capaz de llevarlos a la victoria.

Hasta que ella llegó, el partido no era capaz en solitario de superar la barrera del 5% de los votos y alcanzar una representación parlamentaria. Fue, como se puede leer en el libro de Torrent, “como si la política valencianista hubiera estado necesitada de un Dios, en este caso una Madre de Dios, que  nos rescatara del anonimato para devolvernos a un país de esperanza”.

Ahora, Oltra parece estar intentando una maniobra parecida. Aspira a formar un gobierno de coalición con el PSOE, un partido que tiene más votos que el suyo. Pero sugiere que los socialistas acepten que ella sea la presidenta. Es poco probable que lo consiga, aunque nadie niega en la Comunidad Valenciana que Oltra tiene más carisma y capacidad de arrastre que Puig.

En cualquier caso, los dos tienen que elegir entre cooperar para hacer política de izquierda, o enfrentarse en una guerra de egos. Es conveniente para sus propios intereses que apuesten rápido por la primera opción porque, citando por última vez a Torrent, “el personal està fart i fotut, no està, diguem-ho clar, per a hòsties” (“el personal está harto y jodido; no está, digámoslo claro, para hostias”).

(Fotos: Compromís y PSPV-PSOE)

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