El cuento de la Bolsa china

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“El chófer de Rockefeller está comprando”. Quienes se dedican a la bolsa profesionalmente o le prestan una especial atención en sus finanzas personales saben lo que significa. Viene a ser un suerte de alarma ante la llegada de inversores debutantes, poco preparados o que han obtenido buenos rendimientos en sus primeras operaciones y quieren más. La frase se origina en la anécdota sobre la estrategia bursátil del multimillonario creador de la Standard Oil y la industria petrolera en EEUU: “Si mi chófer compra, yo vendo”.

Para los profesionales es toda una señal ‘contrarian’ o inversa: hay que vender, llega la masa. Como en otros países y en otras épocas, el capitalismo popular se ha reproducido también en China con el beneplácito del Gobierno y el peligroso acompañante del apalancamiento o las inversiones a crédito, que multiplica ganancias y pérdidas. Cuando la bolsa sube tiene efectos placenteros y alucinógenos, pero cuando baja son devastadores.

Eso es más o menos lo que ha sucedido en la bolsa china en los últimos meses y en especial desde el pasado 12 de junio. Hasta esa fecha, el SSE Composite, índice de referencia de la bolsa de Shangai, había subido un 150% en cuestión de 12 meses. Una subida vertical alimentada por las compras de los particulares chinos a cualquier precio y de nuevos ricos dispuestos a ejercer su capacidad de compra sobre el mercado de acciones.

Salvo la muerte, toda tendencia tiene un final. En junio comenzaron los nervios en China y tras las primeras caídas comenzó el desastre. El terremoto llegó con la crisis de deuda en Grecia y la sacudida de los mercados occidentales. Debido a que muchas de las inversiones estaban a crédito, los brókers -intermediarios que ejecutan las compraventas- y casas de bolsa comenzaron a exigir a sus clientes nuevas garantías para esos créditos bajo amenaza de ejecución o venta forzada de sus inversiones. Es lo que ha sucedido para miles de ellos.

Prohibida la crisis

La caída del citado índice SSE se elevó por encima del 35% en cuestión de tres semanas. Para la bolsa de moda en el último año, la pérdida de valoración superó los 2 billones de dólares. En ese momento, el todopoderoso Gobierno chino obró ante el crash bursátil como suele hacerlo en otros ámbitos: prohibiendo cualquier actividad. Pero ese ‘que nadie se mueva’ suele tener consecuencias nefastas en los mercados financieros, como han demostrado las últimas crisis bursátiles en Occidente. Pasa lo mismo en Oriente.

Para un inversor hay algo peor que ver como bajan sus acciones: la iliquidez o la ansiedad de no poder venderlas. El regulador bursátil chino comenzó a suspender cotizaciones de compañías a diestro y siniestro. Hasta 1.300 de empresas, o la mitad del mercado, llegaron a estar sin cotización de forma simultánea. Mientras tanto las autoridades han ido aprobando diversas medidas para contener la debacle, aunque el daño para los pequeños inversores está hecho y es irreversible. Muchos lo han perdido todo.

Entre las medidas que implementó Pekín se encuentra la creación de un fondo de estabilidad bursátil de 19.000 millones de dólares orquestado por un grupo de brókers y el permiso a los fondos de aseguradoras para que inviertan hasta un 10% de sus activos en bolsa. También la práctica paralización de salidas a bolsa, que provocaban un exceso de volatilidad en las empresas que ya estaban cotizando. Son contramedidas de medio y largo plazo que pueden calmar los ánimos, pero el golpea sobre la riqueza financiera de los ciudadanos puede llegar a la economía real.

Imagen: Shangai Stock Exchange