Destronando a Rocky Marciano

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Era una ‘roca’, era un martillo. Un campeón del pueblo, el primero quizás, capaz de inspirar películas, de alcanzar lo inalcanzable. Rocky Marciano (en la imagen durante su pelea contra Joe Louis) fue el último gran campeón blanco de los pesados, el primer púgil de la historia en conseguir 49 victorias sin derrotas en su carrera profesional. Un récord que probablemente perderá este fin de semana cuando Floyd Mayweather Jr. acabe con Andre Berto. 

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Era una ‘roca’, un martillo. Un campeón del pueblo, el primero quizás, capaz de inspirar películas, de alcanzar lo inalcanzable. Rocky Marciano fue el último gran campeón blanco de los pesados, el primer púgil de la historia en conseguir 49 victorias sin derrotas en su carrera profesional. Un récord que probablemente perderá este fin de semana cuando Floyd Mayweather Jr. se enfrente a Andre Berto en el MGM Grand de Las Vegas. Un registro que, sin embargo, siempre le guardará un lugar en la historia del boxeo.

“Para ser honesto, no creo que esta pelea haga nada por mi legado, pero soy un hombre de negocios”. A Floyd Mayweather Jr. le gusta que le llamen ‘Money’. Se llama ‘Money’ a sí mismo. Y también a su empresa de merchandising, ‘The Money Team’. Dinero llama dinero. Su caché sube con cada directo, con cada ‘jab’, con cada victoria. 48 concretamente. Cero derrotas como profesional. Un récord que le igualará con Rocky Marciano casi con total seguridad este 12 de septiembre cuando se enfrente a Andre Berto en el MGM Grand de Las Vegas. Quizás lo único en que supere a la ‘Roca de Brockton’ sean los ceros en la cuenta bancaria.

“Si me matas a mí tendrás que matar al niño también”. Floyd Mayweather Sr. mantenía ante su rostro al joven Floyd Joy Sinclair, escudo humano frente a su propio tío, Baboon, que así le llamaban, cómplices ambos de trapicheos estupefacientes. Aquella noche de 1979, el padre del que probablemente sea el mejor libra por libra de la historia -apenas dos años entonces- recibió un tiro en la pierna que puso fin a su carrera entre las 12 cuerdas. Una anécdota capital en la biografía de su hijo que, sin embargo, no ofrece la imagen completa.

La drogadicción de su madre, las continuas visitas de su padre a la cárcel, la vida con su abuela en Grand Rapids (Michigan), el traslado a Nueva Jersey donde hasta siete personas compartían cama en la misma habitación… Nada que ver con Rocco Francis Marchegiano (1923, Brockton, Massachusetts), arrabalero como Floyd, descendiente de inmigrantes italianos, buscalíos sin fin con cartel de buen chico, protector hermano mayor, hijo avergonzado del trabajo de su padre… “Antes o después te retiraré”, le decía un día tras otro cuando le llevaba el almuerzo desde su casa a la fábrica de zapatos en la que trabajaba, apenas a una manzana de distancia.

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Más corto, apenas cinco puertas de distancia, era el camino que Floyd recorría hasta el gimnasio recién comenzó a andar. De casta la viene al galgo. Por su padre, que llevó a Sugar Ray Leonard hasta el décimo asalto en 1978. Por su tío Jeff, que cruzó guantes con Óscar de la Hoya en 1993. Y también por su otro tío, Roger, campeón del mundo en dos categorías diferentes. Tres referencias constantes en su vida, en los inicios y más tarde en su rincón. Desde que se ajustó sus primeros guantes con 7 años hasta este 12 de septiembre. Maestros de una técnica depurada, mezcla de clases de escapismo sobre el ‘ring’ y de técnicas cada vez menos vistas, pasadas de moda pero de máxima eficacia. Nada que ver con los inicios o el estilo de Rocky Marciano.

Tuvo que llegar la Segunda Guerra Mundial para que Rocky se subiera a un cuadrilátero. Fue antes de enrolarse por segunda vez. Incluso antes de que un equipo satélite de los Chicago Cubs le desechara como ‘catcher’ -el gran sueño de su vida- porque no tenía la fuerza suficiente para lanzar con precisión hasta la segunda base. Fue su amigo de infancia Allie Collumbo quien le buscó su primera pelea. La bolsa, 30 dólares. El rival, supuestamente, otro amateur en similar nivel iniciático, aunque en realidad se encontró con Henry Lester, un doble ganador de los Golden Gloves al que en el tercer asalto, los brazos abajo por el cansancio, recibiendo un golpe tras otro, golpeó con una patada en la ingle antes de ser descalificado. Quién podría imaginar que allí estaba el germen de quien sería el último gran campeón blanco de los pesados. “Ten por seguro que si alguna vez vuelvo a pelear, no estaré fuera de forma”, le dijo aquel día a su hermano. Y cumplió.

Mientras Mayweather es un dechado de virtudes técnicas, del boxeo científico, Rocky se convirtió en una máquina de golpear, un martillo pilón. Velocidad, potencia y pegada, sobre todo pegada. Con apenas 180 centímetros de altura y 85 kilos, un pesado realmente pequeño, algunos estudios sitúan su radio de golpeo incluso 10 centímetros más corto que el de Floyd, que apenas levanta 173 centímetros del suelo. Nada importante. De su lado tenía a ‘Suzie-Q’, como llamaba a su golpe de derecha. Conocido por romper los vasos sanguíneos de los brazos con que sus rivales se cubrían, 43 de sus 49 victorias, casi el 88%, llegaron por KO, la más contundente de ellas cuando casi acaba con la vida de Carmine Vingo en diciembre de 1949. Era su victoria número 25 (Imagen inferior).

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Potencia derivada del trabajo, del sacrificio mucho tiempo antes de subir al ‘ring’, alejada totalmente de las técnicas que emplea Floyd Mayweather, como sus visitas a SubZero Recovery para sumergirse en tanques de nitrógeno a temperaturas inferiores a los 40 grados bajo cero para reducir los tiempos de recuperación. La potencia de un ‘Potro’, inspiradora de la figura cinematográfica de Rocky Balboa, también italoamericano, mismos orígenes humildes, una fuerza de la naturaleza entregada a los entrenamientos desmedidos, espartanos, excesivos.

Diferentes métodos como ejemplo de dos vidas en las antípodas. De los excesos de Mayweather con su cohorte de guardaespaldas y su corte de strippers, su obscena colección de coches de lujo y su exhibicionismo perpetuo enmarcado en billetes de 100 dólares al casi retiro familiar de Rocky durante toda su carrera profesional, siempre apegado a su mujer y su amigo de infancia, Allie Collumbo, y siempre con la sombra de Al Weill, su manager, pegada a su espalda. Aunque si Floyd consiguió deshacerse de Bob Arum y fundar junto al rapero 50Cent su propia empresa de representación para liberarse de ese yugo, Weill llegó a ser uno de los motivos de la retirada de Marciano. “Tengo que escapar mientras pueda”, llegó a decir en círculos íntimos tras anunciar su retirada alegando la necesidad de recuperar la relación con su familia después de 49 combates en apenas ocho años. Rocky, sin embargo, no siempre fue ese buscalíos con cartel de buen chico.

En 1993, un artículo de Sport Illustrated presentó a Marciano como una persona obsesionada por cobrar sus apariciones públicas en efectivo -al principio de su carrera guardaba sus ganancias en lugares tan inverosímiles como la cisterna de su baño-, como un mujeriego empedernido a pesar de que seguía casado, como un evasor de impuestos y, sobre todo, como uno de aquellos personajes públicos italoamericanos fuertemente relacionados con la mafia. Todo después de su retirada en 1952, cuando reunió en el Yankee Stadium de Nueva York a 66.000 personas en la que sería su última pelea. Obviamente, derrotó por KO en el noveno asalto a Archie Moore para defender con éxito su corona de los pesados por sexta y última vez.

Retirada definitiva a pesar de las tentaciones. Que las hubo. Muchas y muy fuertes. Así lo fue el millón de dólares que le ofrecieron como garantía además de la bolsa del combate propiamente dicha si volvía al cuadrilátero para pelear con Floyd Patterson, su sucesor como campeón. O los 1,4 millones de dólares de gancho que le pusieron para una pelea con el sueco Ingemar Johansson, verdugo de Patterson, y que el representante de éste se encargó de torpedear en la sombra cuando Marciano ya había comenzado a entrenarse en algún lugar recóndito. Pero si hubo una oferta escandalosa fue la de un millonario texano en 1966.

Rocky Marciano ya tenía 43 años cuando rechazó cuatro millones de dólares por pelear con Muhammad Ali, figura ya más que ascendente tras derrotar a Floyd Patterson y a Sonny Liston por duplicado. Sin embargo, el combate siguió adelante. Murray Woroner, productor televisivo de Florida, olió el negocio y contrató a ambos púgiles para grabar una serie de movimientos de cada uno de ellos y montar la conocida ‘The Superfight’, un duelo virtual entre dos de los mejores pesos pesados de la historia cuyo resultado decidió un algoritmo probabilístico. Por desgracia, sólo se proyectó un pase en los cines en 1969 (aunque años más tarde salió a la venta en DVD).

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Renuncias sistemáticas a un posible retorno que nunca nublaron su criterio para los negocios. Extraordinario orador, hizo una pequeña fortuna con sus charlas por el medio rural, aunque también fue propietario de una fábrica de salchichas, de un restaurante en Maryland, de una bolera en Florida o de una cadena de restaurantes italianos en California. Y eso por no hablar de su condición de usurero o de sus ‘negocios’ con la mafia.

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Unos beneficios que sus biógrafos calculan en torno a los cuatro millones de dólares durante su etapa como boxeador profesional y dos más por sus apariciones fuera del ‘ring’. Alrededor de seis millones de dólares que en la actualidad tendrían un valor aproximado de 54 millones, aunque siempre habría que considerar el diferente poder adquisitivo, el coste de vida o, simplemente, la renta per capita de una época y otra. Y eso sin contar que Al Weill siempre percibió cerca del 45% de los beneficios de todas y cada una de las peleas. Sin duda, la gran diferencia con Mayweather, más allá del color de la piel, pues el de Michigan sumó únicamente en su pelea contra Manny Pacquiao el pasado mes de mayo 300 millones de dólares que le convirtieron en el deportista mejor pagado del mundo por segundo año consecutivo, superando incluso el récord precedente que Tiger Woods registró en la lista Forbes con 115 millones de dólares en ganancias en un solo año.

Dos hombres unidos por el mito, dos boxeadores separados por el tiempo que, sin embargo, permanecerán íntimamente ligados en los libros de historia, aunque Mayweather aún debe vencer a Berto. Y quién sabe si seguir adelante, porque el próximo día 12 de septiembre cumple el sexto y último combate del acuerdo firmado con la productora Showtime, lo que podría llevar al mejor libra por libra de la historia a replantearse su retirada, como ya hiciera en 2007 antes de reaparecer en 2009, y pensar en el 50-0 con el que Rocky Marciano jamás se atrevió. Eso sí: Rocky dejó los cuadriláteros con 32 años; Mayweather ya ha cumplido los 38.