Sara Pavone y Pol Ferrús estaban en las montañas de Nepal el 25 de abril. Se habían separado para hacer dos rutas distintas. El terrible terremoto que dejó más de 8.000 muertos les pilló por tanto en dos lugares diferentes. Hace unas semanas publicamos el relato de Pol, que es, hasta el momento, la pieza más visitada de la historia de EL ESPAÑOL. Ahora es Sara quien cuenta su historia en primera persona.


Una despedida inquietante

Cuando me despedí de Pol la mañana del día 22, en una posada de Katmandú, le entregué mi portafortuna (amuleto en italiano) para que le protegiese y le dije: “Ten cuidado. Nos vemos pronto”. Él iba a hacer una excursión en solitario por la zona tibetana del Tamang y yo llevaba varios días inquieta. No sé si era a causa de mis dolores intensos en una pierna o de un mal augurio. Llevaba varias noches sin dormir bien.

Pol y yo no solemos separarnos en los viajes. En los tres años y medio que llevamos de relación hemos visitado muchos lugares, pero siempre juntos. Tampoco le di más importancia. No tengo poderes ni adivino el futuro. ¿Por qué iba a preocuparme? Pol conocía bien la montaña y yo esperaría en Katmandú a que llegasen nuestros amigos: una australiana, una inglesa y una pareja de sudafricanos. Los cinco saldríamos unos días más tarde, para encontrarnos con Pol en Rimche y hacer los seis juntos el valle del Langtang.

Captura de pantalla 2015-06-19 a la(s) 21.28Reportaje gráfico: Alberto Gamazo

Dos días después, el 24, salimos de Katmandú. Hicimos noche en el poblado de Syabru Beshi y partimos a la mañana siguiente -ya día 25- en dirección a Rimche. El día era perfecto, de esos que siempre elegirías para hacer una excursión: limpio, soleado, despejado. Invitaba a dar un paseo por los gigantescos valles abiertos del Nepal. Había pájaros por todos lados y paseábamos a través de caminos que olían a marihuana. La sensación de bienestar hacía que casi me olvidase de mi dolor. Paramos a las tres horas en la aldea de Bamboo y desayunamos té y muesli. Coincidimos con una pareja de excursionistas alemanes y nos saludamos. Sabíamos que íbamos a hacer la misma ruta y nos despedimos con un “nos vemos por el camino”.

El silencio más extraño de mi vida

Recuerdo el momento exacto en el que a tierra se empezó a mover. Los sudafricanos y yo habíamos parado a hacer unas fotos en un puente. Íbamos haciendo el tonto, riéndonos. La chica australiana y la inglesa caminaban ligeramente atrás. Justo cuando atravesamos el puente, se hizo el silencio más extraño que recuerdo en mi vida. Lo que le siguió fue una especie de explosión, un ruido estremecedor. Miré arriba y pensé que era una avalancha, porque la ladera se estaba deshaciendo. Caían piedras del tamaño de elefantes.

Sara Pavone sonríe minutos antes del terremoto, que ocurrió poco después de cruzar el puente: Foto: Kate Ahrends

Sara Pavone sonríe minutos antes del terremoto, que ocurrió poco después de cruzar el puente: Foto: Kate Ahrends

El suelo empezó a temblar y se levantó tanto polvo que no nos veíamos a un metro de distancia. Mike, el sudafricano, entendió enseguida que aquello era un terremoto: “It’s an earthquake”, gritó. Nos abrazamos los tres con todas nuestras fuerzas. Yo intenté cubrir nuestras cabezas con mi mochila, con la inocente idea de protegernos así. Ni siquiera eso podía hacer. La tierra temblaba, perdíamos el equilibrio, no teníamos control sobre nuestras acciones. Mike nos dijo que teníamos que intentar situarnos pegados a una roca que se mantenía sólida y hacia allí corrimos cuando pudimos hacerlo. Igual fueron treinta segundos, pero me pareció una vida entera. Su chica, Kate, lloraba y nos decía “I love you”, como si se estuviese despidiendo.

Vídeos: Merche Negro

Cuando el temblor cesó, miramos a nuestro alrededor y el terreno había cambiado radicalmente: piedras enormes por todos lados, paredes derrumbadas y caminos sepultados. No parecía el mismo lugar. El caudal del río había crecido una barbaridad y el agua bajaba con violencia. En cuanto pudimos reaccionar nos asaltó el pánico porque la chica inglesa y la australiana se habían quedado atrás. Mike corrió a buscarlas. Habían logrado cruzar el puente por poco y se habían refugiado bajo una roca que se mantenía firme. Ya estábamos todos juntos.

¿Dónde estará Pol?

Todos, menos Pol. En ese instante se me encogió el corazón. Mi novio estaba solo en la montaña. A partir de ahí me resultó imposible controlar mis pensamientos. Aunque sé que es montañero experto, es inevitable pensar en lo peor. Imaginaba que estaría herido, incomunicado, perdido. Lo primero que teníamos que hacer era ponernos a salvo. Corrimos hasta la primera casa que vimos. Estaba devastada, una roca la había partido por la mitad. En la puerta estaban sus propietarios: una mujer y su hijo adolescente. Ambos estaban arrodillados, rezando mantras budistas. Me acerqué a ella, la abracé por instinto y se puso a llorar. No podía consolarla.


La historia de Pol: “Voy a morir, pero espero que sea rápido”


Miré a mis compañeros y entonces reparé en la pinta que teníamos todos. Nuestras caras de pánico estaban tan cubiertas de polvo que la tierra nos llenaba hasta la boca. Nunca antes había tenido esa sensación tan parecida a estar muerta. Sabía que teníamos que salir de allí cuanto antes. Les preguntamos a los nepalíes qué debíamos hacer o hacia dónde teníamos que marchar, pero no nos contestaban. Entre el shock de haber perdido su casa y que no hablaban inglés, la comunicación fue imposible. Lo único que pudo decirnos fue “here not safe”.

Cogí lo esencial: medicinas, la tablet y el ukelele

Optamos por volver hacia Bamboo, donde sabíamos que había gente, pero al levantar la vista nos dimos cuenta de que el camino había sido arrasado. Teníamos que volver a cruzar el puente, pero el terremoto había dejado sólo la estructura, así que nos vimos obligados a buscar caminos alternativos por barrancos. Era nuestro primer día de ruta, por lo que llevábamos las mochilas llenas. Demasiado peso a cuestas para un camino tan arriesgado; vaciamos casi toda la carga y sólo nos llevamos lo imprescindible. Yo cogí lo más esencial: medicinas, la tablet casi sin batería y el ukelele. No me preguntes por qué. Imagino que me di cuenta de que había sucedido algo muy grave, así que entendí que la música podía ayudar o sacar una sonrisa.

6785peque

Echamos a andar y el camino se convirtió en una aventura. Lo primero que hicimos fue bajar por un barranco agarrándonos a unas plantas que nos servían de liana, pero eran urticantes y nos provocaron una hinchazón. Encontramos obstáculos durante todo el trayecto. A veces tocaba escalar, otras caminar sobre troncos y otras lanzarse al vacío. Siempre teníamos que fijarnos muy bien en la roca en la que nos apoyábamos, porque muchas cedían. Cruzábamos cornisas en fila india porque el suelo no era lo suficientemente ancho para que caminasen dos personas a la vez.

Los gritos, los heridos, las mascotas

Tras una hora y media de camino, regresamos a Bamboo, que es un pueblecito con cinco o seis refugios de montaña. El único edificio que quedaba en pie era un hostal. Su estructura se mantenía firme pero el interior estaba totalmente derrumbado. La situación era dramática. Se habían reunido unas sesenta personas, más de la mitad turistas, en absoluto estado de shock.

Una nepalí chillaba desesperada mientras dos vecinos la sujetaban por los brazos. Su esposo estaba sepultado bajo las piedras. Era estremecedor escuchar el eco de los gritos por su marido muerto. Qué duro es saber que el cadáver está ahí, pero que no hay forma humana de rescatar el cuerpo sin herramientas. Todo ello ocurría entre réplicas del terremoto, que se sucedían a menudo. Nadie sabía quién iba a ser el siguiente.

Locales y turistas nos reunimos en una especie de cueva bajo un bloque de piedra gigante que se mantenía firme. Un guía nepalí con la cabeza abierta y un turista holandés con el brazo roto eran los heridos más graves. Todos sacamos los medicamentos de nuestra mochila y una pareja de holandeses, estudiantes de medicina, se encargó de administrárselos, diseñar un tratamiento y mandarnos que improvisásemos una cama con mantas y esterillas para acomodarlos.

Las noticias llegan desde Israel

Entre los turistas había americanos, franceses, holandeses y, sobre todo, muchos israelíes. También había seis vacas y dos gallinas, asustadas, que se acabaron convirtiendo en nuestras mascotas. No se separaron de nosotros. Uno de los israelíes tenía un teléfono vía satélite. Es la única forma de contactar con el resto del mundo en una zona en la que no hay cobertura de móvil ni internet. A través de ese terminal nos empezamos a enterar de lo que pasaba a nuestro alrededor. Estábamos en mitad de un terremoto, pero las noticias nos iban llegando desde Israel. “Ha habido un temblor de 7,8 grados, el país está devastado y el aeropuerto de la capital, cerrado. Las evacuaciones tardarán”, nos resumió el dueño del teléfono.

Gracias a él pudimos avisar a nuestras casas. Recopilamos los emails de nuestros familiares y enviamos un correo con copia a todos, para explicarles que estábamos bien, pero que no sabíamos cuándo saldríamos de allí. Dadas las circunstancias, y a sabiendas que íbamos a pasar bastante tiempo en un pueblo arrasado, nos pusimos a trabajar para intentar montar un campamento de supervivencia. Hicimos una asamblea para repartir las tareas. Las mujeres accedimos a un almacén destruido en el que quedaban algunas provisiones. Los hombres aprovecharon unas viejas lonas para montar una carpa bajo el bloque de piedra y poder pasar allí la noche, en esterillas.

Mientras, los nepalíes ya habían sacado varios “camping gas” para prepararnos té y comida. Muchos de ellos habían perdido a su familia, pero en todo momentos se pusieron a nuestra disposición, cocinaron, nos ayudaron. Decidimos comprarles toda la comida que les quedaba, porque ya habían anunciado que por la mañana se iban a marchar hasta un pueblo próximo en el que residían sus familiares. Íbamos a quedarnos solos los turistas, los guías nepalíes y varios portadores. Teníamos comida para una semana, que es lo que le habían estimado al israelí que tardarían en empezar a evacuarnos.

6831peque

La primera noche

Aquella noche nadie pudo dormir, por el miedo, los temblores, los desprendimientos, las lluvias y el espacio tan reducido que ocupábamos: dormíamos sesenta personas en un trocito en el que caben veinte. Yo además tenía el añadido de que mi novio estaba solo en las montañas, perdido. Tenía más miedo por él que por mí. No era la única persona en esa situación. Ravid, uno de los israelís, tenía a su novia ilocalizable en el Valle de Langtang, la zona más afectada. Nos intentábamos ayudar mutuamente pero resultaba imposible. A los dos nos animaban diciendo que nuestras parejas estarían bien, que conocían la montaña, pero también sabíamos que no era más que eso: ánimos. Nadie tenía un solo dato sobre ellos.

Entre temblores y lluvia pasamos la noche todos, con el calzado puesto por si había que salir a correr de repente. En esa situación, estar tan apretados tampoco era tan malo: de alguna manera nos dábamos seguridad. No sabíamos los nombres de casi nadie pero nos habíamos convertido en una familia.

Las vacas se comen el helipuerto

Los nepalíes se marcharon al día siguiente y nos dejaron las llaves del almacén de las provisiones. Los israelíes tomaron el mando y nos iban informando de cualquier novedad que llegaba. Algunos habían acabado recientemente el servicio militar y estaban muy preparados. Lo primero que idearon fue un sistema básico de purificación de agua: muy rudimentario pero muy elaborado y útil. Un depósito con varios agujeros a los que incorporamos unos tubos que desembocaban en otros depósitos. Allí colocábamos unas sábanas que servían de filtro. Echábamos el agua hervida y la depurábamos. Una movida que a mí no se me hubiese ocurrido en la vida, qué quieres que te diga. El resultado era agua apta para consumir, pero con un color marrón tierra horrible y una textura densa. Eso es lo que estuvimos bebiendo durante casi una semana.

Hacíamos solo una comida al día: arroz o noodles, verduras de los huertos destruidos y sobre todo huevos hervidos, que no he comido tantos en toda mi vida. Por encima de nuestras cabezas veíamos pasar helicópteros militares, pero volaban demasiado alto, así que pensamos en hacer señales para que nos localizasen. Empleamos cañas de bambú para hacer señales de humo y ropas de colores muy vivos. Pero allí no nos veía nadie. Por si acaso, habíamos preparado dos pistas de aterrizaje para helicópteros. Despejamos el terreno y utilizamos harina del almacén para dibujar la letra H que deben tener los helipuertos. Pero las pobres vacas tenían mucha hambre y se la comieron. Luego lo intentamos con hojas e hicieron lo mismo. La tuvimos que acabar dibujando con una especie de pintura con barniz que encontramos entre las ruinas de uno de los edificios derrumbados.

Es el caos

Entretanto seguía llegando gente. Sobre todo nepalíes deshechos, que traían noticias: “Es el caos. Los pueblos están arrasados y hay cadáveres por todos lados”. Yo les preguntaba por Pol pero nadie lo había visto. Lo intentaba describir pero no me entendían. Desesperada, cogí un rotulador y a todo el que llegaba le pintaba el nombre de Pol en un antebrazo y el mío en el otro. Estaba en un estado de absoluta ansiedad, tampoco sabía qué más podía hacer. Por la tarde apareció un nepalí que me dijo que creía que lo había visto. Me dio un vuelco el corazón. En seguida me puse a enseñarle fotos y me confirmó que no. Que se había equivocado. Me puse histérica. Quería ir a buscar a Pol. No me importaba caminar hasta donde fuese necesario. Los sudafricanos me disuadieron diciéndome que era peligroso y que si me pasara algo por el camino sería mucho más difícil localizarme y evacuarme.

6843p

Al tercer día llegó el primer helicóptero. Eran japoneses. Venían a evacuar a los suyos y a los heridos. También se subió Kami, un guía nepalí que nos ayudó en todo momento. También lo intentó Wilhem, el holandés con el brazo roto, pero estaba lejos en el momento en el que tenía que haberse montado a bordo. Echó a correr con todas sus fuerzas pero llegó justo cuando la nave despegaba. “Intentaremos volver a por ti”, le dijeron. Lo dejaron en tierra y nunca más aparecieron. Sentimos mucha rabia, aunque él es una persona muy positiva y le restó importancia. Siempre estuvo animando. Hacía bromas, decía que odiaba a la gente con dos brazos y que por eso iba a aprender a abrocharse la sudadera solo, pero siempre nos acababa pidiendo ayuda. Era la persona que físicamente estaba peor, pero también uno de los que aportó más fuerza al grupo.

El hombre de la compañía de seguros

Después llego un helicóptero del que bajó un hombre de una compañía de seguros israelí. Lo primero que hizo fue grabar un video de cada uno de nosotros diciendo nuestros nombres, para que constase quién se iba a quedar en la montaña y avisar a las embajadas correspondientes. Nos dijo que tenía la orden de evacuar solamente a los israelíes y a los heridos. No podía llevarse a nadie más porque había otras zonas en una situación mucho más complicada que Bamboo. El glaciar del valle de Langtang, el que tenía que ser el final de nuestra excursión, se había desprendido y se estaba fundiendo, arrasando pueblos enteros.

En aquella área se habían empezado a registrar los primeros conflictos entre turistas y nepalíes, porque no habían provisiones para todos. Era urgente actuar en aquella zona en la que, por cierto, se encontraba la novia de Ravid. Estaba a salvo e iba a ser rescatada. Ravid se marchó con el resto de compatriotas, no sin antes abrazarme y prometerme que iría a buscar a Pol. En el helicóptero subieron todos los israelíes, salvo dos que quisieron quedarse con nosotros. Se sentían mal por dejarnos solos. A la mañana siguiente vinieron a por ellos con la orden expresa de que fuesen evacuados. Les dijeron que en Israel se había difundido la noticia de que habían rechazado la ayuda y que eso era inconcebible. Les obligaron a marcharse. Antes de irse nos dejaron el teléfono y nos prometimos vernos en Katmandú.

Pol está bien

Cuando se fueron pensé en utilizar el teléfono para avisar a los míos. Primero avisé a mi madre. Le mandé un mensaje para decirle que estaba bien. Me inventé que estaba en un campamento, rescatada, a salvo. No quería preocuparla. ¿Qué hizo mi madre? Pues lo que hace cualquier mamma italiana: preguntarme si estaba comiendo bien. No quise preocuparla y volví a engañarle diciendo que sí, que comía bien y que no estaba sola. Después decidí avisar a Enric, el padre de Pol. Imaginaba que no sabría que su hijo se había ido sólo a hacer a excursión y que estaría preocupado. Intenté encender mi tablet sin batería. Me aguantó unos segundos. Los justos para apuntar el teléfono del padre de Pol. Cuando lo tuve, envié un mensaje. Le dije que no sabía nada de Pol y que necesitaba noticias.

Me daba miedo cómo iba a reaccionar, así que escribí el mensaje y solté el teléfono. Al cabo de una hora, una chica holandesa me dijo: “Creo que ha llegado un sms para ti”. Yo estaba picando ajo y pimiento para hacer la comida. Tiré el cuchillo y salí corriendo a por el móvil. Era la respuesta del padre de Pol, confirmándome que ya lo tenía localizado. Pol estaba sano y salvo y yo empecé a llorar de alivio y alegría. Aquella tarde fue una fiesta. Me olvidé de los dolores, de la ansiedad y de los problemas estomacales que provocaban cuatro días bebiendo agua con tierra.

Un terrible funeral nepalí

Por la tarde sucedió algo que nos impactó profundamente. Subió un grupo de nepalíes desde Syabru Beshi, para enterrar al hombre que había quedado sepultado el primer día bajo las piedras. Uno de ellos era su propio hermano. Con mucho esfuerzo rescataron el cadáver de los escombros. Nosotros miramos todo aquello guardando un silencio terrible. Le pusieron unas hojas verdes en los orificios, porque estaba en estado de descomposición, nos recomendaron que nos tapásemos la boca y la nariz y se lo llevaron. A pesar de estar pasando por un momento tan duro, el hermano del fallecido todavía tuvo fuerzas para sacar más mantas para nosotros. Aún me estremezco recordando aquello.

Los americanos nos salvan

Al día siguiente, mientras recogíamos la basura, llegó el helicóptero que nos empezó a evacuar. Entre todos los que quedábamos en Bamboo habíamos hecho una lista con el orden en el que se subiría la gente en los helicópteros. A mi me pusieron en el primer grupo porque tenía que buscar a Pol. Empecé a correr hacia el helicóptero con todas mis fuerzas, pero me daba la sensación de que no avanzaba. Tardé como dos minutos en llegar. Los del helicóptero eran americanos. Al final nos salvaron los americanos, igual que en las películas. Me subí con Mike y Kate y nos abrazamos con una alegría que se desvaneció en cuanto despegamos y vimos el estado catastrófico en el que habían quedado todos los pueblos. Nosotros nos íbamos a casa, pero aquella gente tenía que reconstruir sus vidas enteras.

Llegamos al campo militar de Dunche, en el que la policía nepalí nos registró en una base de datos. El campamento era muy rudimentario, no había mantas suficientes y el panorama era desolador, casi peor que en Bamboo. Aún había más gente, no tenían agua y la comida escaseaba. Los militares nos empezaron a dividir por nacionalidades. Tanto daba que te separasen de tu grupo; los italianos tenían que irse con los italianos. Así que fui a parar con dos compatriotas a los que no conocía de nada. Me dijeron que teníamos la opción de esperar a que nos evacuasen o marcharnos caminando de allí. Yo descarté esa opción porque unos vascos del campamento me habían dado la noticia de que Jesús y Raquel, una pareja española que había intentado escapar caminando, había tenido un accidente y ella había muerto.

Preferí hablar por el teléfono de la policía nepalí con la unidad de crisis del Ministerio de Exteriores de Italia. Me recomendaron que cogiese “el primer helicóptero que pase”. Les respondí que aquello no era una parada de bus. Yo estaba súper nerviosa, aunque ellos entendieron bien mi situación y me calmaron. Después logré hablar con mi madre y escuchar su voz por primera vez después del terremoto. Ella también me recomendó que no caminase. Decidí tumbarme en el césped, descalzarme por primera vez en seis días (¡qué alivio!) y esperar. Maté el tiempo jugando con unos niños que me tiraban flores y se comportaban como si nada hubiese pasado. Interrumpió nuestros juegos un helicóptero que venía de Syabru Beshi y traía a unos ingleses. Les pregunté por Pol, les enseñé unas fotos y me confirmaron que estaba con ellos, que lo evacuarían al día siguiente.

¡Ahí viene Pol!

Pero no hizo falta esperar tanto. A la media hora aterrizó otro helicóptero y desde el interior del campamento lo vi bajar. Todo el mundo estaba al corriente de nuestra historia y me decían que corriese a buscarlo. Por fin se acababa la espera. Lo veía a través de una valla y ese rato se me hizo eterno porque también lo tenían que registrar. Cuando por fin entró, se montó una escena de película. Un abrazo interminable, mucha alegría, la gente aplaudiendo, la locura. En seguida me devolvió el portafortuna que le di el día que nos separamos. Allí mismo decidimos que teníamos que montar algo para ayudar a los nepalíes.

Aquella noche celebramos nuestro reencuentro y un dhal bhat caliente (pato típico de Nepal). Dormimos todos juntos en el campamento de Dunche. A la mañana siguiente nos vinieron a rescatar en un helicóptero indio en el que quería subir todo el mundo. Los militares decidieron que priorizarían a las mujeres, pero yo no me quería volver a separar de Pol. Nos cogimos de la mano y no nos separamos, ni siquiera cuando estaba subiendo a bordo. Al final nos dejaron montarnos a todos: nosotros dos y los sudafricanos.

6852p

Katmandú y una ONG nueva

Llegamos a Katmandú, donde también se estaban viviendo escenas duras. Grupos de rescate con perros que olían vida debajo de los escombros. Queríamos hacer algo. Por eso rechazamos el primer avión que Italia nos ofreció. Contactamos con María, una amiga que tiene una ONG en Katmandú y la intentamos ayudar. Nos pidió que esa noche durmiésemos los tres juntos. Aún tenía miedo. Volvimos juntos a Europa y seguimos sin descansar.

Trabajamos ahora con todas nuestras fuerzas para montar la ONG “Living Nepal”. Tenemos un correo, un proyecto de web y una página de Facebook con el nombre de la entidad. Es un trabajo enorme que está ocupando todo nuestro tiempo, pero es nuestra forma de devolver a los nepalís una pequeña parte de lo que hicieron por nosotros. Siempre nos acogieron con una sonrisa.

Recuerdo que estando aún en el campamento de Dunche, un policía me recomendó, ante mi estado de nervios, que fuese a hablar con una trabajadora social (como yo). Ella me atendió sonriendo, me calmó y me dio ánimos mientras dábamos un paseo. Caminábamos a través de un pueblo devastado, con colegios derrumbados y casas destruidas. La vida se había paralizado y ella acababa de perder a una enfermera que trabajaba con ella. Pero en todo momento sólo se preocupó por mí. Esas situaciones me obligan a intentar con todas mis fuerzas que, a partir de ahora, seamos nosotros los que nos preocupemos por ellos.